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DEFINICIÓN Y MÁS DEFINICIÓN

  • 8 jul
  • 5 min de lectura

Crucifixión de San Pedro, de Caravaggio (1601). Basílica de Santa María del Popolo, Roma


Y llegué (bueno, fue mi  madre, la que a fuerza de dolor, empujones y mucho amor, me llegó) y fui un niño feliz en los años 70, y en los 80 seguí siendo niño y adolescente, y llegaron los 90 y viví plenamente mi juventud, hasta que todo el sueño acabó y con el nuevo siglo llegó la inevitable adultez, pesada y grave. Y en esas, de repente (no recuerdo exactamente la fecha) me levanté por la mañana como cualquier otro día y ¡sorpresa!, el mundo se había vuelto gilipollas. Una plaga de idiotas copando los principales puestos de la política, los medios de comunicación, el arte, el pensamiento, la ciencia, el deporte, la vida pública. Y llegaron las tensiones, las alarmas mundiales, restricciones, alertas y miedos perpetuos, como las nieves del Kilimanjaro. A pie de calle la gente normal había dejado de serlo, contagiados de algún extraño virus que devoraba el cerebro, comenzaban a comportarse como estúpidos autómatas. Me encontraba rodeado por una manada de auténticos subnormales que repetían cual mantrams las más demenciales estupideces, en la escuela, en la tienda del barrio, en el parque, en los ayuntamientos, en las redes sociales… millones de pequeñas cajas de resonancia que amplificaban las aberraciones más enloquecidas. Todo un rebaño interminable de borregos balando al unísono y clamando por su propia destrucción, aplaudiendo decisiones disparatadas y políticas tan desquiciadas como alucinadas, encantados de contemplar cómo se iba devastando y saqueando su propio país y su futuro.


La venda cayó y dejó al descubierto la montaña de heces que se había gestado y acumulado durante todas aquellas décadas anteriores de barra libre, fiesta y oropel. Rodeado, como estaba, de una subhumanidad desnaturalizada y mentalmente secuestrada cuya pretensión era, precisamente, dejar de ser humana, me sentí atrapado y muy comprometido. Pasé por todas las fases del duelo que ofrecía esa moribunda civilización occidental; primero un instante de desconcierto y negación (“todos han sido sustituidos”, “es como en la peli de La invasión de los ladrones de cuerpos”, “no, no puede ser, será transitorio, todo volverá a la normalidad”, ”esto no puede estar pasando”, “pero si toda la vida…”, “ pero si el sentido común te dice que…”, “no, yo no pertenezco a esta raza de retrasados mentales”, “ pero… ¿qué coño hago yo aquí?”) y, claro, al no poder asumir ni rechazar la cruda realidad, llegó la segunda fase: la ira y la frustración (que aún permanecen) y que te llevan, por ejemplo, a abrir un blog como este con la esperanza de desfogarte para no abrirle la cabeza a más de uno. La posterior fase de negociación digamos que nunca sucedió, ya que, en el fondo, uno no es tonto y sabe que no puede cambiar o retrasar el suicidio orquestado de millones de imbéciles compatriotas, que la maniobra estaba más que planificada y consensuada desde arriba, que la suerte estaba echada. Así que llegué rápidamente a la depresión, a la profunda desesperanza y tristeza mientras me despedía de una sociedad que nunca volverá y a la que me resisto a olvidar. Y ahí sigo instalado, postergando la última y definitiva fase del duelo: la aceptación.


En este punto de inflexión surgen pocas alternativas de actuación, que son principalmente dos. Por un lado, el camino fácil y “sensato” de disolverte entre la mugre, cerrar los ojos y tragar cucharadas soperas de mentiras, comulgar con ciclópeas ruedas de molino, contemporizar con la basura posmoderna y alabar públicamente todas las consignas dementes y la retahíla de nuevas verdades que el resto de tus vecinos aplaude con las orejas. Esa vía es sencilla, solo debes dejar pasar las cosas, asentir, consentirlo todo, bajar ligeramente la cabeza, tragar hiel, pasar desapercibido y hacerte uno con la carroña. Todo consiste en no buscar problemas y confundirte, sin aspavientos, entre una masa gelatinosa de millones de cerebros alienados. Del otro lado tenemos el pasadizo angosto y difícil, que te exige esfuerzo, coherencia, integridad, reflexión, renuncia, valor y sobre todo, mucha, mucha definición, que es objeto final de estas notas. Etimológica y semánticamente la susodicha palabra nos remite a los conceptos de claridad, precisión y detalle, pero también a la aclaración, a la explicación, a la determinación; asimismo a la conclusión de una obra, incluso a la capacidad de reproducir imágenes o sonidos con nitidez. Curiosamente el mismo vocablo describe, para ciertas órdenes militares, el conjunto de estatutos y ordenanzas que sirven para su gobierno. Precioso paralelismo psicológico. La definición supone, de otro lado, y empleando un símil escultórico, la eliminación de volúmenes impropios que sobran, que es necesario desbastar de la masa pétrea original hasta descubrir el contorno final de la obra acabada, la mejor figura posible de entre todas  las escondidas bajo el material bruto. Es por ello que el proceso de definición personal conlleva un esfuerzo profundo de aclaración y determinación interior, de renuncia consciente (esencial), precisión y coherencia, de depuración y sublimación constantes hasta hacer emerger la mejor versión de uno mismo y ser capaz de asumir tu propio gobierno. La definición abre de par en par las puertas de la soberanía y la fortaleza y te conduce hasta el propósito último de tu existencia, a saber realmente quién eres. Frente a la fuerza exterior, centrífuga y desquiciada que ejerce esta sociedad enferma y ansiosa, la misma que reclama como derecho natural su propia eutanasia, el cultivo de la fuerza centrípeta, interior y edificante de la definición personal, entendida como el trabajo mantenido y consciente de construcción y revelación de uno mismo como suma gestáltica de las partes: física, psicológica, intelectual y, fundamentalmente, espiritual.


La definición te lleva inexorablemente al posicionamiento y a la disposición íntegra y apropiada de tu ser para asumir la realidad y enfrentarte al mundo. Una vez ahí no caben dudas ni vacilaciones. Así las cosas, ante esa capa corrosiva de niebla preternatural que todo lo envuelve, confunde y difumina, definición. Ante las políticas tecnológicas y corporativas de anulación y sustitución del ser humano, definición. Ante tantos envites identitarios prefabricados que pretenden disolver al individuo, su historia, sus tradiciones, su pueblo y su nación, definición. Ante las avalanchas mediáticas de basura Woke y otras ideologías esperpénticas y antihumanas, definición. Ante el clamor diario de una masa lobotomizada y degenerada que suplica por su propia aniquilación y que intenta arrastrarte con ella al abismo, definición. Ante la indefensión de la vida humana, bajo todos sus subvencionados frentes, definición. Ante los intentos de normalización de la abominación y el disparate, definición. Ante la tentativa de  difuminación de las fronteras entre el Bien y el Mal, definición. Bueno, sí, definición, pero también coraje y un par de huevos.


Esta nueva energía planetaria acelerada, que emite un ruido envolvente turbio y confuso, nos obliga a pulir y optimizar nuestro sistema estereofónico de alta definición, de manera que seamos capaces de canalizar y reproducir todos los armónicos que emite nuestra alma, claros y marcados.


Se atribuye a Charles Baudelaire esa sentencia tan desollada que dice que “el mayor truco que el diablo jamás usó fue convencer al mundo de que no existía”. Quizás la afirmación fuera válida a mitades del siglo XIX, en pleno decadentismo decimonónico. Hoy en día, el diablo ya no se molesta en esconderse ni pasar desapercibido, se pasea estentóreamente por cualquier plató de televisión. En el siglo XXI su mayor logro no es tanto persuadirnos de que no existe, sino hacernos creer que no vivimos en un mundo-infierno, que no hay por qué preocuparse, por qué rebelarse, por qué luchar, que todo va bien. La perfecta artimaña para aceptar el consenso de la perpetuación.


Como acertadamente apunta el agudo escritor Juan Manuel de Prada, las tiranías de hoy en día no necesitan golpearte ni prohibirte, serás tú el que lo hagas por ellas; solo se limitan a envolverte entre algodones y santificar tus pecados para que les profeses un amor infantil e ilimitado. Se le podrá achacar muchas infamias al diablo, pero nunca que no sea inteligentemente sutil.

1 comentario


Geles
09 jul

La definición da miedo, supone tomar decisiones, ser valiente, atreverse a estar solo en la batalla. Esa no es la elección de la mayoría dormida.

Como siempre, enhorabuena por tu escrito. Sigue así, que a muchos nos encanta leerte. Gracias

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