LO POLÍTICAMENTE CORRECTO
- 27 may
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El baremo mediante el que un pensamiento, idea o manifestación pública es medido y valorado, aceptado o rechazado en nuestra sociedad actual es denominado popularmente como “lo políticamente correcto”; así lo venimos aceptando y repitiendo día tras día, lo cual, lejos de ser baladí, debería invitar a reflexionar y a profundizar sobre la base etimológica del asunto y qué se esconde tras esta expresión tan manoseada y (precisamente por ello) carente ya de fuerza semántica.
Recordemos que, no hace tanto, era el propio pueblo llano, sus mayores y sus jóvenes, los que a través de una ética básica, el sentido común, la idiosincrasia de cada zona y el ingenio español, iban trazando las líneas rojas por las que transitar y los rincones sombríos que no debían transgredir comentarios, ponderaciones y opiniones. Era la propia gente, a pie de calle, la que concebía, gestaba, paría y pulía sus refranes, chistes, dichos, canciones, cuentos o tonadas. El acerbo popular y cultural era, podríamos decir, un producto manufacturado de kilómetro cero y atravesaba las décadas sosegadamente, mutando y enriqueciéndose de manera natural según soplaran épocas, estilos e influencias, sin aspavientos, ni mucho menos revisiones o recriminaciones. Podíamos entender perfectamente, quince o veinte años atrás, que las maneras, formas y gustos de nuestros abuelos fueran diferentes a las nuestras, sin necesidad de generar un sentimiento de vergüenza, rencor o desapego. Al menos esta comprensión surgía en mentes sanas y normales, que eran las más (y así nos lucía el pelo). Existía, inaprensible pero firme, un marco social de pensamiento apuntalado por los principios inmutables de la conciencia y articulado en los valores clásicos de bien, verdad y belleza y las virtudes cristianas, que operaban de manera invisible y automática en el quehacer cotidiano de la familia, del pueblo, del terruño, de la sociedad de un país como aquel en que crecimos. Dado que hoy en día estos principios han sido proscritos y borrados a golpe de decreto, simplemente ha bastado con sustituirlos por una batería de dictados posmodernos donde todo puede ser válido y elogiable siempre y cuando sea avalado y bendecido por el sanedrín de sociólogos, psicólogos, pensadores, educadores, periodistas, opinólogos, artistas, cineastas y cómicos en nómina estatal, es decir, por los Funcionarios del Pensamiento. Un auténtico proceso de expropiación popular y apropiación mental donde es el propio Estado el que se ha erigido como nueva deidad autorrevelada, responsable y capaz no solo de arbitrar y vehicular la Verdad y la Razón, sino de hacerla comulgar entre sus súbditos y fieles so pena de cancelación y ostracismo. Esta Entidad supranatural e intangible se ve “obligada” a delegar en la casta sacerdotal política (de probada superioridad moral e intelectual) la misión de dictar cómo pensar, cómo decir, cómo hacer, cómo divertirse, cómo bromear, cómo reprochar, cómo condenar, cómo alabar, cómo manifestarse y en favor de qué causas, siendo otras indignas y reprobables. Y para ello, si fuese necesario (que lo es) poner a tal disposición todas las armas y medios posibles (públicos y subvencionados), especialmente los de comunicación y propaganda.
Repito, porque la cosa tiene huevos, estamos hablando de la casta sacerdotal política como aquellos elegidos para servir de modelo. En definitiva, ¡que son nuestros políticos quienes han de mostrarnos lo que es correcto!
Pues bien, cuando te persuaden, aunque no recuerdes bien el momento en que te lo susurraron al oído, acerca de cómo debes funcionar, es que realmente no eres más que una marioneta. ¡Sospecha!, algo no va demasiado bien dentro de ti. El proceso de sumisión y anulación ha comenzado. ¿Son tus ideas genuinamente tuyas?, ¿son tus palabras tus propias palabras?
No es en absoluto inocuo expresar el fenómeno como “corrección política”, pues al repetirlo una y otra vez, arropándolo en nuestras conversaciones como locución aclarativa, no hacemos más que aceptarlo e indirectamente les estamos confiriendo fuerza, ascendencia y primacía a esta patulea de delincuentes y macarras que se creen con derecho, no solo a mangonearte, robarte, humillarte y vacilarte como el puñado de matones de colegio que son, sino a prescribir y ordenar lo que entra en tu cerebro y lo que sale de tu boca.
Así que, no alimentemos más a la Bestia y empecemos a pensar, a razonar y a hablar de una vez por todas con independencia, autonomía y propiedad, ¡Coño ya!



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